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Camina un par de cuadras por la calle Matucana, mira constantemente el suelo, pasa por al lado de los árboles y juega con la sombra de su vestido. Va bailando con su sombra, va jugando con sus zapatos, con sus piernas. Sonríe, respira profundo, esta sola, pero disfruta viajar en esa realidad.
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Ella siempre mira el suelo. Pasa horas escudriñando entre las piedras, los adoquines, el cemento, el pasto, y aquella rejilla del ascensor de un hotel en Manuel Mont. Rejilla que al andar se transforma en una alfombra azul que la conduce a un cubrejuntas sobre la cual se abre una puerta por donde aparecen los zapatos de un hombre que la obliga a desatender por unos minutos el suelo y descubre un par de piernas descubiertas, un traje de turista gracioso y un cuello del cual cuelga un viejo amuleto que le recuerda que fue encontrado sobre el suelo de una playa en la que aquella sonrisa y aquellos ojos brillantes la sacaron del suelo y la hicieron sonreír tal como ahora.
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